domingo, 13 de octubre de 2019

Sembrando

Marcos Rafael Blanco Belmonte

Sembrando

de Marcos Rafael Blanco Belmonte
De aquel rincón bañado por los fulgores
del sol que nuestro cielo triunfante llena;
de la florida tierra donde entre flores
se deslizó mi infancia dulce y serena;
envuelto en los recuerdos de mi pasado,
borroso cual lo lejos del horizonte,
guardo el extraño ejemplo, nunca olvidado,
del sembrador más raro que hubo en el monte.

Aún no sé si era sabio, loco o prudente
aquel hombre que humilde traje vestía;
sólo sé que al mirarle toda la gente
con profundo respeto se descubría.
Y es que acaso su gesto severo y noble
a todos asombraba por lo arrogante:
¡Hasta los leñadores mirando al roble
sienten las majestades de lo gigante!

Una tarde de otoño subí a la sierra
y al sembrador, sembrando, miré risueño.
¡Desde que existen hombres sobre la tierra
nunca se ha trabajado con tanto empeño!
Quise saber, curioso, lo que el demente
sembraba en la montaña sola y bravía;
el infeliz oyóme benignamente
y me dijo con honda melancolía:
-Siembro robles y pinos y sicomoros;
quiero llenar de frondas esta ladera,
quiero que otros disfruten de los tesoros
que darán estas plantas cuando yo muera.

-¿Por qué tantos afanes en la jornada
sin buscar recompensa? dije. Y el loco
murmuró, con las manos sobre la azada:
-Acaso tú imagines que me equivoco;
acaso, por ser niño, te asombre mucho
el soberano impulso que mi alma enciende;
por los que no trabajan, trabajo y lucho,
si el mundo no lo sabe, ¡Dios me comprende!

Hoy es el egoísmo torpe maestro
a quien rendimos culto de varios modos:
si rogamos, pedimos sólo el pan nuestro.
¡Nunca al cielo pedimos pan para todos!
En la propia miseria los ojos fijos,
buscamos las riquezas que nos convienen
y todo lo arrostramos por nuestros hijos.
¿Es que los demás padres hijos no tienen?...
Vivimos siendo hermanos sólo en el nombre
y, en las guerras brutales con sed de robo,
hay siempre un fratricida dentro del hombre,
y el hombre para el hombre siempre es un lobo.

Por eso cuando al mundo, triste contemplo,
yo me afano y me impongo ruda tarea
y sé que vale mucho mi pobre ejemplo,
aunque pobre y humilde parezca y sea.
¡Hay que luchar por todos los que no luchan!
¡Hay que pedir por todos los que no imploran!
¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan!
¡Hay que llorar por todos los que no lloran!
Hay que ser cual abejas que en la colmena
fabrican para todos dulces panales.
Hay que ser como el agua que va serena
brindando al mundo entero frescos raudales.
Hay que imitar al viento, que siembra flores
lo mismo en la montaña que en la llanura.
Y hay que vivir la vida sembrando amores,
con la vista y el alma siempre en la altura.

Dijo el loco, y con noble melancolía
por las breñas del monte siguió trepando,
y al perderse en las sombras, aún repetía:
¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!...

sábado, 12 de octubre de 2019

Grandeza sublime

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GRANDEZA SUBLIME

Señor, en el poema sublime de los cielos,
absorto yo contemplo las obras de tus manos,
las selvas majestuosas, las aves en sus vuelos
me dicen que tu moras en el profundo arcano.

No obstante las auroras me cuentan de tu gloria,
la brisa fresca y pura me enseña tu existencia,
la dulce primavera me canta tu victoria
y el trueno pavoroso tu grande omnipotencia.

El aire que respiro me dice a cada instante,
que tu diste la vida a todas las criaturas,
y tu las alimentas con tu cuidado amante
porque tu mano es fuente de pródigas harturas.

Yo se que tu formaste los cielos y la tierra,
que de la nada, todo trajiste a la existencia,
que Tu palabra eterna la gran verdad encierra
y en ella se revela la gloria de tu ciencia.

Yo se también Dios mío, que tu eres fuente eterna
de amor y de esperanza y de feliz consuelo
que al pecador acoges con mano dulce y tierna
y luego lo conduces a la mansión del cielo.

Señor cuando en mis horas amargas de quebranto,
me veas vacilante andando por la vida,
conforta tu mis pasos, enjuga tu mi llanto,
mitiga los dolores agudos de mi herida.

Y cuando todo venga a su final ocaso,
en este mundo artero sombrío,
escóndeme del mal en tu feliz regazo
y guárdame en tu diestra, Señor, Señor, Dios mío.