martes, 24 de diciembre de 2019

Otoño


¡Huye el tiempo veloz! Rápido avanza                                     
Llevando en raudo vuelo
La ilusión, la hermosura y la esperanza.
El grato afán, y el incansable anhelo:
Vicente Wenceslao Querol.

No pude ser el padre que anhelabas bueno y santo,
Sino  humano, plagado de defectos. No en balde iré hacia el muertero,
¡Porque al partir te dejaré mi verso!
¡No dejes me vaya para siempre, sin antes decirte que te quiero!:                                           
 
El árbol llora, sus hojas secas, amarillentas, huérfanas,
en  vaivén ruidoso de hojarascas muertas, al vals del viento.
Acabó la primavera, ya es otoño, vendrá el invierno y sus canas,
Sus ramas no más verdean, pues llegó el tiempo del decaimiento.

Papá, no es más el héroe que solía ser; el tiempo la factura cobra,
 es aburrido, está arrugado y vetusto; no encaja en el tiempo postmoderno.
Cual hojas caídas y amarillentas que otrora dieran frondosa sombra,
¡Todo por servir acaba! feneció la primavera y precedió el invierno.

El otoño es el adiós, cuando se cae la hoja del añoso tronco,
y llega la época de arrugadas y temblorosas manos, de soledad y olvido,
de inertes neuronas que no atinan a evocar el borroso y lejano recuerdo,
perdido en la niebla del pasado; y rumiando el tiempo que se ha escurrido.

Como apariciones de extraños que regresan de su tumba,
viento recio nos arrastró a tierra extraña de la desmemoria,
donde habitan seres nebulosos emanados de ultratumba,
para los que una sociedad ultra moderna ha sepultado su historia.

Arribamos a tierra lóbrega, agreste, y de sombra de muerte.
Habitación  de la serpiente y del búho de las soledades.
Isla extraña a que fuimos llevados por el viento, y dimos en la sirte.
Y, el viento es tiempo implacable que desgasta las edades.

Hojarascas vanas, llevadas inermes al caprichoso intento,
de  tierra de los zombis, cuyos dolores y afrenta son sólo preludios:
El valle de los muertos, sociedad de consumo, cuasi atea; en destruimiento;
Irreverente a la vida y la muerte, perdida, sin normas, sin rumbo, sin Dios.

¡Triste orfandad enfrentan los viejos, después de tanto servir!
Navegantes en el mar del hambre;  ¡guerreros de tristeza y soledad!
Estos ofrendaron su vida porque otros pudieran vivir.
Parias, mendigos, desharrapados, hambrientos del amor. ¡Ponderad!
Autor: Jaime Rodríguez Chacón.







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